miércoles, 24 de noviembre de 2010
viernes, 28 de mayo de 2010
Recordar
Hoy, ajusto varios días de estar siendo bombardeado por destellos enormes de la voz recordar. Sus términos relacionados: recuerdo, olvido, memoria, pasado son como llamas de ese bombardeo. La voz recuerdo me hace evocar, como pasando fotos ,que estuve caminando por la gran Muralla China, por la vía Véneto y por el palacio Borghese en Roma, por el asombroso Jardín Botánico de Bogor, en indonesia; que estuve haciéndome tomar fotos con las imágenes de cera de Picasso en Londres; mirando desde arriba en lo más alto de la torre Eiffel a París allá abajo; besándome con Merce al frente del Capitolio en Washington para quedar así fotografiados; estrechándole de mano y saludando al hoy ex Presidente de EEUU, Jimmy Carter, cuando compré su libro “Why not the best”; y estando sentado con papá y mamá en mis graduaciones. Me acuerdo de estar arreando los odiosos terneros en El Salado, o desyerbando calles en la Calle Naranjo de Támesis, arrepintiéndome de todos mis pecados en la Clínica de San Vicente por allá en 1958, después de un hemorragia interna. Tengo destellos en colores de paseos largos con mi esposa e hijos por Iowa y Colombia y Perú y Chile y Támesis. Recordando es una voz en cuyos destellos me he visto cuando troté en los bordes de las cataratas de Niágara, o en el Mall de Washington D.C., o cuando anduve por el paisaje de la luna en Bolivia, o estuve parado en el borde de un cráter o en la ladera de un volcán en Costa Rica, o admirando el “Diamond Head” en Hawai. Recuerdo es una voz léxica que me trae memorias de la voz de papá y mamá, que grabé y conservo años después de que fallecieron; de la voz poderosa de Gorbachov en el Campus de la EARTH. Recuerdos --como memoria de algo hablado-- me trae el poderoso e imborrable mensaje de mamá cuando me dijo hacia mis 15 años “vos poder escribir que este señor”, o el de Dale Flowerday en el ICA, cuando me dijo hace años, antes de yo ir a estudiar a AMES con una beca que él administraba en Colombia, “I have confidence on you”. Y las conversaciones sobre plasma con Franklin Chang el astronauta costarricense. Recuerdo me trae retratos mentales de centenares de libros como los de Kenneth Burke, de alumnos, de colegas en reuniones internacionales, imágenes de búhos, caras y cuerpos de personas, de edificios, de paisajes, de riesgos como las borracheras en Támesis, Medellín y Bogotá, y de viajes innumerables especialmente de lugares y momentos de uno alrededor del planeta; de alegrías completas como la de esperar y ver nacer a los hijos y de tristezas vividas a medias como el fallecimiento de papá y de mamá. ¿Cuántas veces dije: Recuerdos a la familia? Recuerdos me han venido en tropel, en los papeles que atesoró mamá y que organicé en tres tomos donde redescubrí cartas que me envío papá y que dolorosamente para mí no recordé mientras él vivía. Recuerdo obsesivamente letras de canciones que una vez supe a medias, que olvidé y que he estado recordando, como Madrigal, Casas viejas, Gracias a la Vida, “My way”, Todos Vuelven, Tamesinita, Ojos Azules, Caña Dulce, Pueblito Viejo, Las Acaclas, las cuales me llevan a países diferentes donde he trabajado. Recuerdo me trae el mensaje de algo hablado muchas veces, como esa fabulosa capacidad de olvidar cosas hasta el instante en que algo hace llegar su recuerdo por medio de bombardeos inclementes como estos que expreso. Olvidar me bombardea cuando la voz recordar me dice que olvidar se vuelve imposible para la persona viva, pero no recordar viene a darle un espacio de descanso en la memoria. Recordar a otros me recuerda que recordarlos es ayudarles a seguir viviendo después de su muerte. Y recuerdo que uno no muere sino cuando ya nadie recuerda lo que hizo o dijo o escribió o amó o ayudó a ser en su paso por nuestro planeta.
Luis Hernán Rincón Rincón, Támesis, 11 de mayo de 2010.
miércoles, 26 de mayo de 2010
Folios
De tu cuerpo, madre,
abierto en el medio
como libro que leen,
vengo saliendo desnudo
con mis ojos cerrados;
me mandas al mundo
con tu tinta por fuera
y con tu tinta por dentro.
Me visto con páginas
de libros invisibles
que atraerán a mí
libros baquianos,
guardianes de las ideas
listas en los estantes.
Libros, folletos, rimeros,
--mis amigos con letras,
mis amigos con hojas –
que colmarán mis horas
hasta las vísperas finales
de mi salida como un libro,
con tu sangre por dentro,
terminado sin final,
retirado del estante
y cerrado para su viaje.
Luis Hernán Rincón Rincón
Támesis, 26 de mayo de 2010
sábado, 6 de febrero de 2010
Mujeres de valía: Mercedes Rosa Rincón Arcila
Mercedes Rosa Rincón Arcila nació en Támesis el 31 de diciembre de 1917, fue madre, esposa, señora de su casa, y murió en Bogotá el 17 de enero de 2004. Para graduarse como Normalista (en Pueblo Rico, 1934) Mercedes Rosa viajaba desde La Betania, una de las veredas de mayor altitud y más alejadas en Támesis, (donde su padre era un agricultor, colonizador de tierras de páramo y filántropo) hasta Pueblo Rico donde vivían varios parientes. Los caminos de La Betania, Támesis, vereda Riofrío, Jericó, Pueblo Rico y las mulas de silla fueron tan familiares para Mercedes Rosa como la historia eclesiástica y de Colombia, y la geografía que ella dejó en sus cuadernos escritos con su hermosa caligrafía que parecía bordada. Viajaba a cumplir una misión trascendental para el país: educarse.
Varios años después de graduada se casó, en 1937, en Támesis, con un agricultor y vecino que era su primo hermano, Luis Gonzalo Rincón Ramírez . Tuvieron 11 hijos (cuatro hombres y siete mujeres). La primogénita nació en octubre de 1939 y la menor en junio de 1961. Para criarlos ella puso todo su capital: formación y amor. “Hay que aspirar a ser presidente para llegar siquiera a policía”, repetía con frecuencia. La casa de Mercedes Rosa y Luis Gonzalo era un lugar familiar también para gente que buscaba orientación o ayuda, de las cuales Mercedes Rosa era una fuente inagotable. Los Rincón Rincón iniciaron escuela con maestras graduadas que Luis Gonzalo pagaba y que venían a vivir en la finca con la familia Rincón. El proyecto de vida rural y urbana de Mercedes Rosa incluyó criar sus hijos, ordeñar hasta 17 vacas cada día y velar por la economía del hogar y por el orden en la casa.
En 1949 la familia se mudó al área urbana de Támesis para que los tres hijos mayores fueran a la escuela pública. En “el pueblo” y por muchos años Mercedes Rosa fue papá y mamá, pues Luis Gonzalo pasaba la semana en la finca, atendiendo cultivos de café, caña de azúcar y cacao, y algunos potreros con sus reses, generalmente en tierras de don Eduardo Serna G. La casa propia en Támesis fue pronto el lugar de llegada de personas del campo y del pueblo que necesitaban alguna ayuda. A esa casa llegaban también personas que apreciaban la amabilidad y la conversación variada e ilustrada de Mercedes Rosa. Ella fue reconocida también por su habilidad para tejer “frivolidad”, en verdaderas obras de arte que conservan quienes tuvieron la fortuna de recibirlas como regalo de Mercedes Rosa.
Se destacó por ayudar a educar los hijos, con los ojos puestos en las tareas escolares y los comportamientos, poniendo su ingrediente silencioso e infaltable, el amor, mientras atendía los quehaceres del hogar o bordaba o leía. Llegó el día en que el mayor de los hijos se fue a estudiar a Medellín, y a la distancia ella lo atendía amorosamente, le enviaba ropa y cartas con sabias recomendaciones. Así, cada hijo y cada hija fue encontrando donde aplicar lo aprendido en el hogar con más aporte diario de la mamá que del papá. Todos los hijos, menos uno, terminaron por lo menos bachillerato. Gran logro. Varios de ellos terminaron su carrera universitaria. Ese uno sin bachillerato aprendió a leer a los tres años de edad, es hoy gran lector, musicólogo destacado, animado conversador, autor de décimas, compositor de bambucos y pasillos y persona autodidacta muy reconocida en lo político y en lo ecológico.
Hacia 1970 la familia se mudó a Bogotá, donde vivía una de sus hijas casadas. Tremendo cambio: de Támesis a la capital del país. Allí Mercedes Rosa continuó su amorosa labor de preparar sus hijos para el país. Ella seguía con su misión de papá y mamá, pues Luis Gonzalo no aguantó ni un año en Bogotá y compró una finca situada entre Mariquita y El Fresno, donde, ya cansado y solo, criaba ganado criollo. Para Mercedes Rosa, dueña de un pensamiento amplio y cosmopolita, adaptarse a Bogotá también fue difícil, pero ella lo llevó adelante como si nada fuera. El frío de La Betania era semejante al de Bogotá.
Para su labor y misión contó siempre con fondos aportados por Luis Gonzalo y con lo que obtuvo de la venta de sus derechos heredados en Támesis. No le interesó la riqueza monetaria, no tuvo ni ambicionó ganado ni fincas ni casa de ella ni chequera ni dinero joyas. No le interesaba eso sino su tesoro mayor que fue entregando al país: hijos e hijas bien formados, educados, derechos. En Bogotá se angustió con la carrera universitaria de las dos hijas menores, pero logró impulsarlas hasta que una terminara sus estudios de Diseño Industrial, en Bogotá, y otra, la menor, se graduara en Medicina, en el Estado de Oaxaca, México.
Mercedes Rosa y Luis Gonzalo viajaron de paseo con un hijo, por Estados Unidos y México. Ella además pasó temporadas con otro de sus hijos en Perú y Costa Rica. Por años y hasta su muerte guardó las tarjetas y cartas que recibía de sus hijos nietos y biznietos, recuerdos que con sus cuadernos constituyen tres tomos llenos de afecto, que uno de sus hijos conserva bien empastados.
Fue una persona muy saludable. Sólo la obligaron a guardar cama sus partos y dos accidentes con fracturas de huesos. No falló un día en el apoyo a Luis Gonzalo para mantener atendida y unida la familia y darle seguridad, inclusive durante los años en que estuvieron separados, y menos aún después de que ella enviudó en 1991. No dejó de darle seguimiento a su misión de formar 11 hijos para que le sirvieran al país.
En esas lides y dimensiones, Mercedes Rosa Rincón Arcila fue una heroína, una persona valiosa y destacada, como tantas otras señoras de Colombia a quienes la historia no menciona.
Mercedes Rosa murió a la edad de 87 años, en Bogotá . Todos sus hijos, nietos y bisnietos nietos viven hoy (2010), unos en México, otros en España, otros en Estados Unidos y otros en Colombia. Y tres de sus hijos han regresado a vivir en Támesis donde son muchas las personas que la recuerdan.
Escrito para el periódico Suroeste el 5 de febrero de 2010.
domingo, 28 de junio de 2009
Busco --búho tropezante-- mi llegar a ser.
Dono, pues, sin reservas mi codicia
y renuncio a la búsqueda apurada
de poder sobre prójimos y cosas.
En mis sienes, altos miradores,
izo la solidaridad de manos útiles.
Y para limpiar las perchas del alma
desabrocho las túnicas doradas
de los dogmas ceñidos a la mente.
Me declaro conjunto solidario
con mi entorno misterioso de adentro,
y con mi entorno cotidiano de afuera.
Espero mi llegar a ser, que vendrá
sin que yo lo advierta,
como un visitante invisible y mudo.
Luis Hernán Rincón Rincón
Hacia el Olvido
Diez.
Cada lugar y cada instante, cada poro de fe
que tuve ayer como bienes propios
los compartí contigo y juntos los gastamos.
Tus ojos, tu sonrisa, tus pechos, tu cuerpo… tú,
tus caricias y tu voz se alojaron en mis pasos.
Nueve.
Mas oigo lejana tu voz, desde que la ausencia
nos alargó el camino y nos distanció las citas.
Ocho.
Aprendí cómo duelen las noches sin tus caricias
y sufro por mis caricias que se duermen quietas.
Siete.
Hace días que tu cuerpo en ágil bruma no llega
a eclipsar los cuerpos lindos que pasan por mi vista.
Hace días que mis manos se duermen sin tu piel.
La persona linda que habita en tu cuerpo hermoso
me mira de salida y se marcha alegre.
¿Será que está creciendo el olvido en tus afectos?
¿Será que se esfuma la fe de mis recuerdos?
Seis.
Hace días que mis labios ansiosos y mi lengua inquieta
piden besar tus senos desnudos. Sin respuesta
aprenden la dureza de no gozar de tu pecho erguido.
Cinco.
Ni luz alegre, ni color rosado, ni tenues trazos,
ni siquiera el brillo de tu sonrisa ausente
viene como ayer a iluminar mis pasos.
Cuatro.
Tus ojos que se adueñaban del tiempo
de frente a los míos con la magia del fulgor que incide,
opacos se fijan lejos, triste los veo cansados
o no llegan como antes al lugar de siempre.
Tres.
Tus besos en mis labios – mi pasión al verte--
a veces se voltean al lado, besito en la mejilla,
al vernos después de las ausencias cortas.
Dos.
Y así, los espacios de mis días y noches
que hasta de lejos colmabas, veloz y hermosa,
se están llenando de aires insensibles,
de recuerdos cercanos que se alejan mudos,
Uno.
se envuelven en tu alma, se arropan con la mía
y se acuestan a existir en las brumas del olvido.
Luis Hernán Rincón Rincón
Támesis, 22 de mayo de 2009
domingo, 3 de mayo de 2009
Támesis y yo, primero de mayo de 2009
Nací el primero de mayo de 1941, según la fecha que escogí personalmente mucho tiempo después de haber nacido. Por eso mismo, esa fecha no me agrega significado, excepto que he trascurrido ya por 68 marcas anuales del tiempo. Vivo con mi esposa que me sigue en edad, no digo cuántas marcas anuales detrás. El año pasado construimos los dos en Támesis una casa, con vista a la montaña, y el 2 de diciembre de 2008 nos mudamos a vivir en ella. Desde seis ventanas y tres balcones de la casa se ve este majestuoso monumento, el Cerro de Cristo Rey, símbolo de Támesis.
Hoy en la mañana mi esposa y mi suegra –que está de visita-- trataron de cantarme un feliz cumpleaños pero fui áspero con ellas al decirles que ya no conmemoro ese evento. Más tarde, mientras yo acicalaba el césped, regresó Merce de caminar con su mami, que tiene 89 años y funciona en buena salud, y me entregó de regalo una bolsa de galletas negras envueltas en plástico negro, diciéndome -en uno de sus ocasionales arranques poéticos y con risa pícara- dos frases metafóricas, creo que de cumpleaños, con dos palabras de connotación sexual en la jerga paisa: “Cucas en bolsa plástica. Pájaro triste”. Esas frases me han timbrado en la mente y me han hecho reír cada rato. Con ellas no resistí la tentación de escribir un haiku que todavía está cojo:
“Cucas en bolsa de plástico.
Pájaro triste”.
Años más años menos bríos.
Entre ayer y hoy me llamaron con motivo del aniversario Lizette, Juliana, y Juan Felipe, por un lado, y por el otro, Ana Carlota y Margarita, dos de mis hermanas. También, un colega de SIADA y personal de El Colombiano. Cerca de la media noche, al tiempo de escribir esta nota, me llamó Diego.
Hacia la una de la tarde llegaron a Támesis, provenientes de Amagá y me llamaron tres personas fuertes de la poesía. Luisa Aguilar, Marga López y Edgar Montoya. Fui a reunirme con ellos en el parque Caldas y les obsequié de bienvenida copias de mi libro A La Tierra Vuelvo… y sigo. En un momento compraron tarjetas y me las escribieron, una cada uno.
Fuimos a casa y allí compartimos café y libros y les mostramos el lugar. Les impresionó el paisaje que se divisa desde los balcones y les atrajeron los cuadros que tenemos. Les mostré el libro Primer Conjuro, presentado la semana pasada en Días del Libro, en Medellín, en el cual tengo un poema de amor titulado Te mueres de quietud como la brisa. Luisa me compró un ejemplar de él y leyó dos poemas suyos. Marga recitó uno de ella relacionado con la Marquesa de Yolombó. Edgar recitó dos poemas de su especialidad, la poesía negra, que él interpreta con gran estilo. Le obsequié a él un casete de ese tema titulado “Africanía poética Vol.2”, de Sabas Mandinga. Leí tres poemas míos; uno, Momentos de pueblo, es el último que he escrito; otro, Madre Lucidez, escrito en 2007, inspirado por Bernarda mi suegra –ahí presente--, y el tercero, Por la magia de tu voz, escrito en 2007 e inspirado por Marga y sus talleres literarios. Me pidieron que leyera uno a mi esposa, y leí el siguiente, que escribí en Medellín, el 24 de noviembre de 2003:
Mujer
A Mercedes Parra Restrepo
Eres el día de mi media noche,
eres mi parte que se alegra y siente,
el lado claro tras mi lado oscuro,
mi doble hermosa, mi reverso ardiente.
Tomamos fotos de esta visita histórica para Merce y yo, pues Luisa es poeta fundadora de la Asociación de Mujeres Poetas de Antioquia, Marga es una de las principales poetas de Antioquia y Edgar es un consumado declamador.
Marga, Luisa, Luis Hernán y Edgar en Támesis.El día resultó lleno de interés. En un detalle profundo, con palmas me cantaron un feliz cumpleaños, hicimos rueda y cogidos de la mano me desearon por turnos larga vida y felicidad. Me alegré mucho, aunque desde que cumplí 50 decidí no cumplir más años, en parte porque me convencí de que el tiempo no pasa, pasamos nosotros y no tiene sentido celebrar si empecé a pasar lunes o jueves, 7 ó 22, enero o julio.
Más aún, hace muchos años, decidí en que fecha nací. En un periodo crucial para cumplir mayoría de edad tuve que obtener un certificado de registro civil en Támesis y ahí me enteré de que tenía tres fechas de nacimiento: una que me decía mamá y era el 25 ó 26 de abril, otra registrada en la partida de bautismo que era el cinco de mayo y otra en un registro civil que daba el primero de mayo. Todo porque nací en el campo y por razones obvias la declaración de nacimiento debían hacerla tiempo después, en el pueblo, amigos o conocidos de mis padres, que de seguro se demoraban y olvidaban el dato preciso. Además, celebrar el día de cumpleaños no fue costumbre en mi casa paterna. Entonces, tuve que escoger una fecha, y para eso partí por el camino de en medio: me quedé con la del primero de mayo, presuntuoso de que lo celebraban mundialmente y no trabajaban ese día.
Hoy se conmemoró en casa, sin haberlo programado, esa trascendental decisión mía.
